EDUCACIÓN PARA LA PAZ

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Febrero 21, 2012

EDUCACIÓN PARA LA PAZ

Mons. Ovidio Pérez Morales

Introducción

Al aceptar agradecido la invitación hecha por los Cabildos de estos lugares privilegiados, por donde comenzó la organización política  y eclesiástica de Venezuela, me pareció que el mejor discurso en esta circunstancia, tendría que ser un alegato en favor de la paz y, en concreto, una palabra sobre la educación para la paz.

El tema me lo inspiró el encuentro pacífico de los verdaderos cofundadores de Coro, Ampíes y Manaure, a la sombra de un Cují, que cobijó también la celebración de la primera Misa en estas costas fundacionales de la nación. El tema me lo aconsejaron los continuos llamados del Episcopado venezolano en estos últimos tiempos, saliendo al encuentro de una de las principales necesidades actuales -si no la prioritaria- del país. El tema me lo urgió la presente coyuntura patria, en la cual es preciso reforzar las mejores reservas morales y cívicas del país, para que  este año de un proceso electoral tan decisivo, los venezolanos encaucemos  por vías pacíficas y constitucionales la solución de nuestros reales problemas y el logro de nuestros más hondos anhelos. Tarea para la cual hemos de invocar  la intercesión de quien quiso establecerse en este Valle de El Carrizal como Madre amorosa, para reunir a sus hijos como familia de Dios. Que Ella,  consuelo y auxilio para los caquetíos venidos de la Isla de Aruba, sea para los falconianos de hoy, estímulo y ayuda con miras a fortalecer una convivencia pacífica, fraterna, creyente, laboriosa, al servicio de toda nación.

En esta exposición, luego de definir los términos educación  y paz, desarrollaré brevemente algunos aspectos de la correspondiente e indispensable tarea pedagógica.

Educación

El término educación viene de dos verbos latinos complementarios: educo-educare y educo-educere. El primero significa: criar, cuidar, hacer crecer;  el segundo, sacar, extraer, hacer partir o salir. Dichos verbos tienen como significado compartido: educar física o moralmente. El verbo griego relacionado es paidagogein, de donde viene pedagogía (del griego paispaidos, niño; y ago, conduzco).

Quisiera insistir en las implicaciones del verbo educere. Éste en la filosofía aristotélico-tomista se usa para precisar el modo como surge la forma en una materia. Un ejemplo sencillo nos ayuda: un alfarero hace brotar de la arcilla una imagen o un utensilio. El escultor Miguel Ángel hizo emerger del mármol la agónica imagen de “Los esclavos” liberándose del pesado y duro bloque. En uno y otro caso la forma no viene de fuera, inyectada o sobrepuesta; la idea que tiene en mente el artesano o escultor, se des”-vela”, “toma cuerpo” en y desde la materia, la cual, antes que límite, es posibilidad.

Así había entendido Sócrates el proceso de educación-aprendizaje. Según la mayéutica, el interlocutor (alumno) da a luz, produce de sí mismo  la idea, el mensaje. El maestro hace las veces de partero. La educación, en su sentido más genuino, es un asumir desde adentro. No es, por tanto, “amaestramiento” como en el caso de los animales, ni simple “adoctrinamiento”, ni, mucho menos, “lavado de cerebro”. La educación es más, mucho más, sobre todo cuando concierne valores éticos y religiosos, en lo cual consiste lo nuclear y principal del proceso educativo.

Educar es apelar al intelecto y a la voluntad. A la libertad. Es, por lo tanto, un quehacer típicamente humano, y por eso el hombre, y sólo él, puede ser definido como “animal educable”. La educación, como quehacer espiritual tiene horizontes siempre abiertos a la infinitud del bien y de la verdad. Es la razón por la que  el hombre es un ser siempre curioso e insatisfecho.

La educación es, así una relación docente-aprendiz (“discente”) no asimilable a la de activo-pasivo. El aprendiz es protagonista, co-educador. Y sólo en la medida en que lo sea y lo ejerza puede hablarse de auténtica educación, la cual consiste en  un tomar o hacer tomar conciencia de algo (concientización), aunque fuese mejor hablar de “cordialización” (del  latín cor-cordis).

¿Quién no percibe la importancia de todo esto cuando se trata de educar para la paz? En este caso la educación tiene como objetivo procurar que el alumno conciba y genere desde dentro  una actitud de paz, tarea en la cual el educador realiza el papel del artista en la “educción” de belleza ética y espiritual por parte del educando.

Paz  

El término paz, que viene del latín pax (shalom, eiréne, en hebreo y  griego, respectivamente) es fácil y difícil de definir; lo primero, si se toma como negación de algo; lo segundo si se asume como afirmación de un valor. En cualquier caso, la definición plantea una complejidad de problemas por la sencilla razón de que es una de esas nociones o categorías que pudieran llamarse “totalizantes” o “globalizantes”, como sucede con las de cultura en el ámbito social y comunión en el campo teológico-pastoral.

a) En sentido negativo, paz significa ausencia de guerra, de conflicto. Así se emplea el término en los “tratados de paz” en las “políticas de pacificación”. También cuando se habla de pacificar una reunión tumultuosa o un enfrentamiento familiar. Cercano a este sentido estaría la definición agustiniana de paz como “tranquillitas ordinis” (tranquilidad de o en el orden). Es preciso, con todo, explicar de qué orden se trata, porque, por ejemplo, Hitler trató de establecer un Neue Ordnung (Nuevo Orden), como lo procuran también los regímenes dictatoriales y los totalitarismos.

El Vaticano II en su documento Gaudium et Spes  advierte lo débil y pobre de una definición negativa: “La paz no es la mera ausencia de guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 17) (GS 78). Ya la Conferencia de Obispos latinoamericanos en Medellín (1968) había dicho respecto de la paz en nuestras naciones, que no era “la simple ausencia de violencia y derramamiento de sangre. La opresión ejercida por los grupos de poder puede dar la impresión de mantener la paz y el orden, pero en realidad no es sino el germen continuo e inevitable de rebeliones y guerras” (2 Paz  14).

b) En sentido positivo, paz es un valor muy denso y cargado de una gran riqueza de elementos;  una noción muy exigente, pues plantea múltiples requisitos, tiene muchos  acompañantes, todos los cuales, como los pañuelos de la manga de un mago salen en  incansable secuencia. Lo que sucede también con los Derechos Humanos, cuya tabla se va enriqueciendo con el tiempo.

En la Biblia, paz aparece con un neto carácter totalizante de positividad; dice perfección, plenitud. Lo mejor que en el pueblo de Israel se podía desear a otro (persona, conjunto humano) era la paz y por eso lo generalizado del saludo shalom. Es lo que anuncian  los ángeles en Belén y lo que  Jesús promete. Por ello en la Iglesia el saludo de la paz está de modo omnipresente en las celebraciones litúrgicas. La razón es que el Altísimo es el  “Dios de la paz” (1 Ts 5, 23) y Cristo, el  “Príncipe de la paz” (Is 9, 5), que viene a comunicarla como el más preciado don. La paz consiste en  la unidad (comunión) con Dios y  fraterna, que comienza en este mundo y alcanzará su perfección definitiva en la plenitud celestial del Reino de Dios. Por ello el profeta Isaías describía los tiempos mesiánicos en hermosos términos de paz, que hemos de meditar continuamente para animarnos al compromiso por la paz: “Forjarán de sus espadas  azadones y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación ni se ejercitarán más en la guerra” (2, 4). “Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, y el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá…y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano” (11, 6-18).

En la Biblia la paz aparece como don de Dios  y también como tarea humana. En el Sermón de la Montaña se llama bienaventurados a los constructores de la paz (Mt 5, 9). Y el marco en que se inscribe esta bienaventuranza es bastante expresivo de lo que significa y exige la paz. Entre otros elementos aparecen: sencillez, justicia, mansedumbre, comprensión, transparencia; capacidad de autocrítica, reconciliación y  perdón. Ese Sermón nosofrece la oración por excelencia –bastante esperanzadora y problemática, por cierto- , el Padre Nuestro. Y también la famosa “Regla de Oro”: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos” (Mt 7, 12). La paz tiene como clave de bóveda el mandamiento nuevo y máximo de Jesús: el amor, en su inseparable bidireccionalidad: hacia Dios y hacia el prójimo.

Gran ayuda para entender lo que significa la paz, han sido los mensajes pontificios con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz, que cada año  celebra la Iglesia; en dichos documentos los Papas han venido poniendo de relieve diversos valores, que resultan complementarios, en orden a la construcción de la necesaria y obligante paz de la humanidad. Y es que la paz no es aspiración vacía, sino un anhelo y un postulado, que no se conciben y realizan sino en y con la justicia, la verdad, la libertad, la solidaridad,  el compartir, la reconciliación, la fraternidad. La paz está llamada a convertirse en un  encuentro  interpersonal y grupal con todo lo que eso entraña de actitudes y comportamientos. Entre otras cosas es preciso subrayar que, como encuentro interpersonal, supone la diversidad, la pluralidad de personas, cada una con su identidad intransferible, su dignidad y sus derechos y deberes inalienables. Porque así como el ser humano está llamado a perfeccionarse no como simple individuo dentro de un conjunto seres aislados y autárquicos, tampoco alcanza su perfección disolviéndose en una masa homogénea de seres sin rostro.

Quisiera ahora destacar algunos elementos que considero bastante importantes y actuales para el logro y consolidación de la paz en nuestras comunidades y en nuestro país.

La paz nace de un corazón nuevo.

Este fue el título del Mensaje de Juan Pablo II para la Jornada de la Paz de 1984. La paz, para ser efectiva y consistente, ha de brotar de una seria convicción anclada en la propia conciencia, en lo más profundo de la persona. El corazón, en lenguaje bíblico, significa lo más hondo de la persona, ámbito de la conciencia, sede de la libertad y núcleo generador de sentimientos y decisiones. Es así como alguien ha dicho que sólo los pacíficos pueden pacificar. Porque para poder pacificar es necesaria una conversión personal (cambio de orientación) hacia el respeto-comprensión-aceptación-aprecio del otro.

La educación para la paz exige, por tanto, formar a la persona en esos valores fundamentales. Y esto, ya desde la familia, de la cual se puede decir que es-ha-de-ser  la primera “escuela de paz”. Generalmente se suele pensar en soluciones sólo macro estructurales a los problemas de la paz, sin considerar el enorme papel de la familia y comunidades o grupos pequeños en tan importante tarea social.

Del corazón del hombre brota la paz y la guerra. No son las espadas ni los misiles los que matan al otro, sino los corazones, las decisiones libres de quienes utilizan aquéllos como poder de muerte. La educación toca la persona, pero busca alcanzar el grupo humano, la sociedad, y es así como se transforma en cultura. Ésta es, en efecto, como el aire que respiramos  o los valores (o antivalores) que ordinariamente manejamos. Por ello la cultura no se produce por un decreto o por hechos esporádicos. Requiere una labor desde muchos ángulos, persistente, apoyada principalmente por lo que constituyen los factores fundamentales de la vida y del desarrollo de un pueblo. Teniendo presente que junto a una genuina cultura operan factores de “anticultura”, como sucede en los  casos de la paz y de la vida.    Cada uno de nosotros debe constituirse, por consiguiente, en agente convencido de cultura para la actuación de valores fundamentales desde el propio lugar concreto existencial.

Palabra y gesto de paz

Una educación para la paz postula el cuidado del lenguaje:  palabra y  gesto.

En cuanto a la palabra la hay respetuosa, comprensiva,  que abre camino y apoya la paz; la hay también, dura, descalificadora, despreciativa que cierra caminos a la paz o la deteriora en su base. A las persecuciones físicas y a las exclusiones sociales las preceden siempre y las acompañan los juicios despreciativos y las palabras irónicas y mordaces. La palabra  pacificante se funda en la verdad y se orienta por la bondad; es realista pero no extrema tintas ni esconde positividades. En esto del lenguaje se deben explotar, en el mejor significado del término, las ingentes posibilidades que abre hoy la comunicación social con sus nuevas tecnologías, teniendo presente, obviamente, la ambivalencia de los medios, que pueden servir para lo más noble y también para lo  más monstruoso.

El gesto se une a la palabra. La película “Invictus” sobre la superación del enfrentamiento racial y el protagonismo ejercido por el Presidente Mandela en África del Sur, es muy diciente sobre la fuerza del gesto. Los gestos, pequeños y grandes, partiendo de los casi imperceptibles en la familia, preparan, robustecen y resguardan el entendimiento, la reconciliación, la paz. Fortalecen la esperanza  de las comunidades y de los pueblos con respecto a la convivencia fraterna y solidaria y animan a caminar hacia encuentros  cada vez de mayor significación y alcance. Hay que evitar el alejamiento entre los grupos opuestos porque suele desencadenar mayores desencuentros; quienes están interesados en el conflicto y en la guerra tratan de evitar la proximidad de las personas y los grupos enfrentados, para alimentar la diferencia, la incomprensión, el odio. Es preciso desarrollar, por tanto,  una pedagogía del lenguaje de paz.

En el campo del lenguaje podría incluirse lo relativo a la mirada. Hay una mirada de paz, constructiva, benévola;  y también otra mirada, calificable de  “sartriana”, que “cosifica” (interpreta al otro como una cosa) y obstruye la posibilidad del encuentro. Hay miradas amistosas o despreciativas. Atractivas o repelentes. Comprensivas o excluyentes.

Diálogo y paz

Educar   para la paz implica una educación para el diálogo.

La base de la educación para el diálogo parte del reconocimiento del otro como persona, es decir, como sujeto consciente y libre, que tiene algo que comunicar, capaz de hablarme, abierto por su naturaleza racional a la verdad y al bien, aunque su condición frágil y pecadora obscurezca y dificulte esta dinámica.

Desde el punto de vista filosófico, el diálogo encuentra apoyo al tiempo que exigencia de entablarlo, en el principio de que el mal puro no existe y, por consiguiente,  de que quien está frente a mí no es pura negatividad. Lo que se da es ser, bien, no obstante sus carencias y limitaciones, sus fallas y defectos. La posición contraria es lo que suele denominar “fundamentalismo”, según la cual las cosas son  blanco o negro, sin matices; se la denomina también “maniqueísmo” y lleva a inevitables confrontaciones, así como a exclusiones puras y simples. Estas posiciones se dan y se han dado en materia religiosa, así como en el campo político-ideológico, para citar solamente estos dos.

Educar para el diálogo encierra, entre otras cosas: educar para la búsqueda recta de la verdad, de lo bueno, de lo justo, liberándose de pre-juicios y otras ataduras; educar para la escucha (solemos hablar y no escuchar), aprendiendo a recibir, comprender, apreciar, tratando de ponerse en la situación del otro. Educar para aceptar la diferencia y la especificidad del otro, tolerando y respetando; para buscar primero  lo que une y sólo luego lo que diferencia y divide; educar para el compartir en la con-vivencia, en la conciencia de que  el mundo se nos da para trabajarlo juntos y  lograr un progreso y una meta en solidaridad; educar en el sentido de que el hombre ha sido creado como ser-para-la-comunicación y la comunión; educar en la búsqueda “obstinada” del bien, siguiendo  la doctrina y la metodología de la no violencia (Gandhi, M.L. King).

En esta misma línea es preciso superar interpretaciones  de la historia, que llevan a definir como camino para el progreso y perfeccionamiento humanos, la exacerbación del conflicto, priorizando la ideología por sobre la persona concreta, lo cual lleva –la historia lo demuestra- a opresiones peores que las que se trata de superar. La persona no puede ser puesta entre paréntesis ni utilizada como medio. Una nueva sociedad se funda en la centralidad de la persona humana.

A modo de conclusión 

Se ha dicho que “si quieres la paz prepárate para  la guerra” (si vis pacem para bellum). Tendríamos que cambiarlo por: “si quieres la paz, prepárate para la paz”. Educa y edúcate para la paz.

He querido ofrecer algunas indicaciones para esta educación, que siempre fue necesaria, pero que en las actuales circunstancias resulta urgente. En esta tarea hemos de sentirnos todos protagonistas, a fin de construir la paz desde el entorno más inmediato nuestro, comenzando por  la familia y el circuito vecinal propios. Los bienes de este esfuerzo no tardan en hacerse sentir.

El ser humano ha sido creado y salvado para la comunión por un Dios que es Amor (1 J 4, 8), lo afirmamos los cristianos. En la certeza del bien inconmensurable de la paz nos encontramos con tantos otros que, de diferentes confesiones y convicciones, la buscan como el horizonte verdaderamente digno y feliz de la humanidad.

La educación para la paz entraña un acto de confianza y esperanza en el ser humano, que la Revelación judeo-cristiana considera salido “muy bueno” de las manos de Dios (Gn 1, 31). Recordemos también aquello del evangelio de Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3, 16). Y mundo significa aquí los seres humanos.

Siempre me repito y me gusta repetir: hay cosas que, pase lo que pase, tienen futuro en la historia, así como hay otras que no. Entre las cosas que tienen futuro están la libertad, la justicia, la paz.

Construir la paz significa hacer de nuestro mundo, grande o pequeño, un lugar vivible, una casa común deseable, un hogar. Dios creó a los seres humanos para constituir una familia, no a pesar de sus diferencias sino, precisamente, con sus diferencias, para que caminen siempre, eso sí, hacia una creciente unidad, una progresiva comunión. La educación para la paz busca impulsar la marcha en esta dirección.

       

 

 

 

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